Alejandro López Gómez
España. Cortometraje: Pedro Páez: Misionero y Descubridor.
Duración: 13 min.
5/10/20265 min read


¿Cuál fue la chispa inicial que dio vida a esta historia y qué buscabas transmitir al espectador?
La chispa inicial fue rescatar una figura histórica enorme y, sin embargo, muy poco conocida: Pedro Páez, el jesuita español que llegó a las fuentes del Nilo Azul en el siglo XVII. Me interesaba contar una historia de aventura, fe, resistencia y descubrimiento, pero también reivindicar a esos personajes de la historia hispana que han quedado injustamente en segundo plano.
Buscaba transmitir al espectador la sensación de estar acompañando a un hombre que se adentra en un mundo inmenso, peligroso y desconocido, movido no solo por la curiosidad, sino por una fuerza interior muy profunda. Quería que el público sintiera viaje, cansancio, misterio, belleza y épica.
¿Qué influencias cinematográficas, artísticas o personales inspiraron el proyecto?
Me inspiraron mucho las grandes películas de viaje y exploración, donde el paisaje no es solo un fondo, sino casi un personaje más. También me interesaba ese tono de cine histórico sobrio, con imágenes muy físicas: polvo, agua, piedra, túnicas gastadas, rostros cansados, caminos interminables.
A nivel personal, me atraen mucho las historias de españoles olvidados que vivieron vidas extraordinarias. Pedro Páez tiene algo muy cinematográfico: es un hombre de fe, pero también un viajero, un superviviente, un observador de civilizaciones y culturas muy lejanas. Esa mezcla me parecía muy poderosa.
¿Cómo describirías el universo visual del cortometraje?
Lo describiría como un universo histórico, espiritual y aventurero, con una estética muy realista. No quería que pareciera fantasía ni postal exótica, sino una recreación viva, imperfecta y humana del siglo XVII.
Visualmente buscaba mucho contraste: la dureza del desierto, la oscuridad del cautiverio, la solemnidad de los caminos, la grandeza de Etiopía y finalmente la emoción casi sagrada del descubrimiento del Nilo Azul. Todo debía tener textura: ropa gastada, piel marcada por el viaje, luz natural, paisajes inmensos y una atmósfera de peligro constante.
¿Cómo decidiste integrar la IA en su proceso?
La IA fue una herramienta para poder contar una historia que, de otro modo, habría sido casi imposible de producir con mis medios actuales. Recrear viajes por el desierto, ciudades del siglo XVII, personajes históricos, paisajes africanos y escenas de gran escala requeriría una producción enorme.
Decidí integrar la IA no como un sustituto de la dirección, sino como una forma de ampliar mis posibilidades visuales.
Cuéntanos sobre tu “laboratorio creativo”: ¿Qué herramientas IA usaste y qué papel jugaron en la narrativa?
Mi laboratorio creativo se basó principalmente en dos herramientas. Nano Banana Pro fue esencial para crear las imágenes base: personajes, escenarios, vestuario, rostros, paisajes y composición visual. Ahí estaba la parte más artesanal del proceso: escribir prompts muy detallados, corregir errores históricos, ajustar la iluminación, la ropa, la arquitectura y la atmósfera.
Después utilicé Kling 3.0 para convertir esas imágenes en planos con movimiento. Kling me permitió trabajar la cámara, los desplazamientos, el ritmo visual, la sensación de viaje y la intensidad de algunas escenas. No era solo “animar” una imagen, sino intentar que cada plano contara algo: soledad, peligro, cansancio, descubrimiento o emoción.
La narrativa surgía de la unión entre historia, voz en off, música, imagen y movimiento. La IA me dio la posibilidad de construir visualmente un mundo que antes solo podía imaginar.
¿Cuál fue el obstáculo técnico o creativo más difícil al trabajar con estas herramientas?
El obstáculo más difícil fue mantener la coherencia visual e histórica. La IA puede crear imágenes espectaculares, pero muchas veces introduce elementos incorrectos: vestimentas que no corresponden, arquitecturas anacrónicas, rostros demasiado modernos, composiciones demasiado limpias o escenas que parecen más fantasía que historia.
También fue complicado conseguir que los movimientos de cámara fueran naturales y que los personajes no perdieran realismo al pasar de imagen estática a vídeo. Hay que insistir mucho, corregir mucho y dirigir a la herramienta con precisión. La IA no hace sola la película: hay que empujarla constantemente hacia la visión que uno tiene en la cabeza.
¿En qué parte del proceso sentiste que tu visión artística fue más necesaria para “guiar” a la tecnología?
Sobre todo en la construcción del tono. La tecnología puede generar imágenes bellas, pero no sabe por sí sola qué emoción debe tener una escena. Ahí la visión artística es fundamental.
Tuve que decidir cuándo una imagen debía ser épica, cuándo debía ser íntima, cuándo debía sentirse peligrosa, cuándo debía transmitir fe o cuándo debía mostrar agotamiento. También fue clave elegir qué planos merecían movimiento, qué ritmo debía tener la cámara y qué momentos necesitaban silencio visual frente a otros más grandiosos.
La IA necesita dirección. Sin una mirada humana detrás, todo puede acabar pareciendo una sucesión de imágenes bonitas, pero vacías.
¿Qué desafíos encontraste durante la realización?
El mayor desafío fue convertir una historia histórica compleja en una experiencia emocional y visualmente clara. Pedro Páez no es un personaje muy conocido para el gran público, así que había que presentar su aventura de forma atractiva sin perder rigor.
También hubo un reto de equilibrio: mostrar la grandeza del viaje sin exagerar, mantener una estética cinematográfica sin caer en lo artificial, y usar IA sin que el resultado pareciera un simple experimento tecnológico. Para mí era importante que el espectador no pensara primero en la herramienta, sino en la historia.
¿Hubo alguna escena o momento particularmente difícil de crear?
Sí, especialmente las escenas vinculadas al viaje y al descubrimiento del Nilo Azul. Eran momentos que necesitaban belleza, escala y emoción, pero sin parecer una imagen turística o fantástica. Tenían que sentirse históricos, físicos y espirituales a la vez.
También fueron difíciles las escenas de mayor desgaste humano: el cansancio, la dureza del camino, la sensación de peligro y aislamiento. Conseguir que un rostro generado por IA transmitiera verdad, y no solo estética, fue uno de los puntos más delicados del proceso.






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